Suéltame.
Las manos me sangran. De estos pliegues se escurre la línea roja que se seca en el nacimiento de las uñas. Se me han quebrado las puntas, son ahora montañas blanquecinas y transparentes irregulares y filosas, rasguñan mi piel; la mía, la de él la de ella. No importa de donde estas manos se agarren, la piel acariciada se partirá en dos, los pedazos quedarán en suelo, todo se rompe, todo se deshace, todo se derrumba y todo perece en estas manos. Las miro. Anatomía fuerte y deseos débiles, el amor me hincha el pecho pero nunca parece llegar a mi boca o a los dedos. Es por eso que me agarro, siempre me agarro con fuerza, la cuerda entre mis manos, la sangre que se escurre como producto de una fuerza que lo único que quiere es que olvides mis errores y puedas amarme de una buena vez. Tiramos de ambos extremos, tú no sangras pero te fastidias, te cansas, decides que ya no quieres, que ya no te sientes como antes, todo amor y motivación se te ha ido, pero sueltas la cuerda de a poco, temiendo a que me caiga, me sigues cuidando porque el cariño no ha muerto de todo, veo como sonríes gestando un cariño que pronto se vuelve lastima. No sabes cuándo soltar esto, tampoco sabes cómo. Estoy sangrando, tú no, es el precio de ser como soy, es el precio de ser yo, es el precio de no saber cómo hacer cualquier cosa. La suelto yo primero, te salvo de la pena, yo me quedaré con ella, soy albergue para el dolor, yo aquí lo cuido.
No temas soltarme que yo lo hice por ti.



