Médula.
Cuando pronunciaban la palabra médula, su boca se hacía agua. La médula era el recuerdo que su infancia le dejó, los dedos que metía al interior de los huecos de los huesos donde sacaba médula, médula grasosa, médula que se llevaba a la boca y que saboreaba. No había mucho que comer, es por eso que se tenían que roer los huesos. Roer hasta la médula.
Médula, como una lengua que se amolda al agujero, la metes y saboreas el tejido gelatina, arrastras y pruebas. Médula.
Dolor de médula, ese que sentía cuando permanecía demasiado tiempo abrazando sus rodillas para que nadie la viera llorar. Cervicales, huesos deslizándose en médula, la médula borboteando bajo su piel permitiendo que ella se convirtiera en un caparazón de dolor. Resquemor de médula al pasar horas inclinada intentando aprender el abecedario chino para poder comunicarse con su abuela moribunda. Médula, la que su abuela tenía invadida de cáncer. Médula, la que mató a su abuela y se la llevó.
Médula, la que había debajo de la piel de este hombre que hoy acaricia, su piel es almacenaje, una caja blanda donde la médula corre, ella la acaricia. Caja, un cuerpo de hombre que ella ama. Dientes, los que encaja con fuerza en búsqueda de arrebatar tejido vivo porque todo dentro de ella está muerto.
Médula, la que fantasea con arrancar del hombre que ama para comerla como cuando era niña. Gime, se imagina comiendo médula. Patalea, el hombre que ama tiene que vivir porque si no nadie la querrá.
Lame, lame la espalda de él, mordisquea piel llena de tinta. Sonríe, abajo la médula está viva y late, la boca hecha agua, él está vivo, está formado de médula. Siente que no puede amarlo más.
Médula, tiene hambre de él. Le gusta esa palabra. Le pide que no se vaya, pero él siempre se va. Entonces cuando él no está deja de tener hambre, no come, adelgaza.
Es hasta que lo ve de nuevo que piensa: médula.
Lo ama y lo desea hasta la médula.



