Hormiga.
Del pliegue de sus axilas nacían hormigas. Bajo las dioptrías del cristal de una lupa, aquel punto negro dejaba de ser uno y se multiplicaba en cuerpos mínimos, vientres tensos sostenidos por patas finas que avanzaban en una línea irregular hasta los almohadones de sus dedos, donde el dulce se había secado bajo el sol de abril.
Sus manos apenas se movían. Las coyunturas habían perdido su oficio. Ya no articulaban, ya no respondían. Eran dos estructuras rígidas, huesos envueltos en bursas inútiles, detenidas en una postura que no terminaba de ser reposo ni abandono. Las dejó avanzar. Permitió que recorrieran la superficie entera, que esquivaran los pequeños relieves de su piel, lunares recientes, apenas nacidos, piedras en un camino estrecho.
Tardaron en llegar. Dos minutos, tal vez más. El reloj que colgaba de su cuello, inmóvil sobre la piel, había dejado de medir el tiempo hacía días. Marcaba una hora incierta, detenida entre las tres y las siete de un invierno que ya no existía.
El sol le punteaba la piel con nuevas pecas. El calor insistía hasta borrar cualquier memoria del frío. Apenas podía reconstruir la sensación de su cuerpo diminuto bajo mantas afelpadas, el resguardo de una temperatura que no hería. Ahora todo era exposición.
Se preguntó, sin palabras, qué se sentiría no quemarse, no ampollarse, correr descalza sin el temor de triturar lo vivo bajo sus pies. El pensamiento no prosperó. Se disolvió antes de tomar forma.
Dentro de ella, el calor se acumulaba. El hambre también.
Si se abría, si el vientre cedía, brotaría una sangre espesa, suficiente para alimentarlas a todas. Las hormigas, veloces, encontrarían el dulce y la carne sin diferencia. Limpiarían lo que el cuerpo ya no podía sostener por sí mismo.
Las dejó hacer.
Las observó reunirse, insistir, devorar. Cumplían una tarea que nadie les había asignado y que parecía necesaria.
Si alguien preguntara, si alguien se detuviera a mirar con atención suficiente, tal vez cuestionaría la escena. Si era correcto, si debía impedirse. No había preguntas.
Ella tampoco diría nada.
Porque, en realidad, ya había sido consumida desde mucho antes.
Y nadie lo había notado.



