Café y larvas.
El único lugar donde puede dormir es la taza de baño. Se sienta y las piernas forman un ángulo de noventa grados que resulta más cómodo que el colchón en donde intenta dormir cada noche. Sus codos se han quedado marcados en los muslos y su cabeza ha caído más de tres veces hacia el vacío. Las cervicales ya comienzan a arderle. Cierra los ojos. Alguien toca la puerta. Ella dice que está ocupado y reza en silencio para que no esperen afuera su turno. No piensa salir pronto.
Hay un terrario dentro del baño; es parte de la decoración. Adentro no hay nada más que cinco larvas que se hacen compañía. Puede que no sea agradable que la miren esconderse de las responsabilidades desde la comodidad de su tierra húmeda. Allá adentro huele a lavanda. Recuerda que las larvas tienen un olfato funcional y ahora siente vergüenza de compartir espacio, pero no hay pena alguna cuando su cuerpo cede al cansancio: el lado derecho recargado sobre la pared, la cabeza apoyada en la expendedora de papel de baño. Y sueña, porque siempre sueña, a pesar de que para ella sea una mala manía.
Las larvas han logrado escarbar lo suficiente para abrirse paso entre el error del cristal y la base de metal. Bajan arrastrándose por las paredes, pierden el equilibrio y se rinden ante la distancia que hay de la pecera al suelo. Han caído cincuenta centímetros; les toma tiempo. Ahora mismo se arrastran hasta los pies de ella: suben por su zapato, se adhieren a la tierra en la suela de goma, logran meterse debajo de la tela de su pantalón. Siguen moviéndose hasta alcanzar su piel; se les dificulta avanzar sobre la venda de su rodilla.
Nadie le creería si dijera su edad. Treinta y dos no son tantos años, pero las articulaciones, todos sus sistemas, parecen fallar a un ritmo desesperado. Se siente de ochenta y dos. Ochenta y dos años, minutos. Apenas ha estado treinta minutos encerrada.
Ya han alcanzado su vientre. Una se mete en su ombligo, escarba hasta sus intestinos. Su cuerpo sufre un movimiento involuntario; se queja en voz alta, pero vuelve a dormir. El cansancio es más fuerte que el miedo a quedarse sin nada.
Otra ignora el hueco del ombligo y sube hasta su barbilla. Roza sus labios y se mete por su nariz, llega hasta su cerebro, pero ni siquiera ahí logra enredar los hilos de lo que vivió y sigue viviendo. No le quita el peso, pero la larva se llena de vísceras mientras explora. Otra va a su ojo: entra por el lagrimal cuando ella, obediente, abre los párpados. Todo su cuerpo suelto es un cadáver y los gusanos ya lograron entrar.
Se comen el nervio óptico, los nervios. Ella parpadea, pero es tarde. La han invadido. Ella, que siempre fue tierra, ahora es fermento. Crecen plantas mientras nadie abre la puerta del baño. Quién sabe qué habrá pasado ahí, pero las hojas comienzan a asomarse por debajo de la puerta, se acomodan, buscan luz, hasta que alguien abre y la descubren. Su cuerpo.
Despierta y se sacude. Las larvas sí escaparon del terrario. Una está sobre su zapato. Una y nada más. Sigue viva, más que antes.
Las larvas son mejor que el café.



